Cranford

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Así estaban las cosas cuando partí de Cranford para regresar a Drumble. No obstante, seguí manteniendo contacto epistolar con varias amigas que me mantenían au fait de los acontecimientos de mi pequeña y querida ciudad. Una de ellas era la señorita Pole, tan absorta ahora en las labores de ganchillo como antes lo estaba en la calceta, la esencia de cuyas cartas venía a ser más o menos esta: «No olvide el estambre blanco que venden en la casa Flint», de la antigua canción; porque al final de cada noticia venía un nuevo encargo relacionado con la labor de ganchillo que había de llevar a cabo para ella. La señorita Matilda Jenkyns (no le importaba que la llamasen señorita Matty si la señorita Jenkyns no estaba presente) escribía unas cartas cariñosas, amables y llenas de divagaciones en las que de vez en cuando aventuraba una opinión propia, aunque se contenía enseguida; entonces, o bien me rogaba que no divulgara lo que había dicho, pues Deborah opinaba de distinta manera y ella lo sabía, o bien añadía una posdata en la que daba a entender que, después de escribir lo anterior, había hablado de ello con Deborah y estaba plenamente convencida de que… etc. (aquí probablemente seguía una retractación de las opiniones vertidas en la carta). Luego estaba la señorita Jenkyns, o Deborah (tal como le gustaba que la llamase la señorita Matty, pues su padre había dicho una vez que así se pronunciaba el nombre hebreo). Yo pensaba secretamente que tomaba a la severa profetisa hebrea como modelo de su carácter; y, verdaderamente, en ciertos aspectos no dejaba de parecerse a ella, dejando aparte, naturalmente, las costumbres modernas y la distinta indumentaria. La señorita Jenkyns llevaba fular y una gorrita como de jockey, y en conjunto ofrecía el aspecto de una mujer decidida, aunque hubiera despreciado la idea moderna de que las mujeres son iguales a los hombres. ¿Cómo, iguales? Ella sabía que eran superiores. Pero volvamos a las cartas. Su contenido era majestuoso y espléndido, como ella misma. Las he ojeado (¡querida señorita Jenkyns, cuánto la veneraba!) y ofreceré un extracto, en especial porque se refiere a nuestro amigo el capitán Brown:


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