Cranford
Cranford «La honorable señora Jamieson acaba de marcharse; en el curso de nuestra conversación me ha informado de que ayer recibió la visita de lord Mauleverer, otrora amigo de su venerado esposo. No te resultará fácil conjeturar lo que indujo a su señoría a cruzar el umbral de nuestra pequeña ciudad. Pues bien, era para visitar al capitán Brown, a quien, al parecer, su señoría había conocido en las “guerras de los penachos” y que tuvo el privilegio de evitar la destrucción de la cabeza de su señoría cuando un gran peligro pendía sobre ella a la altura del mal llamado cabo de Buena Esperanza. Ya conoces las carencias de que adolece nuestra amiga, la honorable señora Jamieson, cuando se trata del sentido de la curiosidad sin malicia, y por consiguiente no te sorprenderá si te digo que fue incapaz de desvelarme la naturaleza exacta del peligro en cuestión. Yo estaba ansiosa, lo confieso, por averiguar cómo el capitán Brown, con su miserable pensión, podría recibir a un huésped tan distinguido; descubrí que su señoría se había retirado a descansar, y esperemos que a sumergirse en un sueño reparador, en el Angel Hotel, pero que participó de las comidas “brownonianas” durante los dos días que honró Cranford con su augusta presencia. La señora Johnson, la esposa de nuestro gentil carnicero, me comunica que la señorita Jessie compró una pierna de cordero; pero, aparte de esto, no me han llegado noticias de ningún otro preparativo destinado a un recibimiento adecuado para tan distinguido visitante. Tal vez le han obsequiado con “el festín de la razón y el torrente del alma”; y nosotras, sabedoras del escaso deleite que el capitán Brown siente por “las puras fuentes del inglés incorrupto”, acaso debamos congratularnos de que las conversaciones mantenidas con un miembro elegante y cultivado de la aristocracia británica le hayan brindado la oportunidad de refinar su gusto. Aunque, ¿quién está totalmente libre de algún defecto mundano?».