Cranford
Cranford —No, no, Martha, no te enfades. Pero el hombre quiere que le den un respiro —dijo Jem, tratando en vano de cogerle la mano. Luego, al ver que ella estaba más disgustada de lo que imaginaba, pareció que intentaba recuperar sus facultades y, haciendo gala de una sincera dignidad que diez minutos antes habrÃa creÃdo imposible en él, se volvió a la señorita Matty y dijo—: Supongo, señora, que sabe que me siento obligado a respetar a todos lo que se han portado bien con Martha. Siempre he pensado que algún dÃa serÃa mi esposa. Muchas veces me ha dicho que usted era la señora más amable del mundo; y aunque la pura verdad es que en general no me gustarÃa que ningún huésped estorbase en mi casa, si usted nos hace el honor de vivir con nosotros, señora, estoy seguro de que Martha hará lo imposible para que se sienta cómoda; y yo me quitarÃa del paso lo más posible, que es, supongo, lo mejor que puede hacer un patán como yo.
La señorita Matty se quitaba sin cesar las gafas, las limpiaba y se las volvÃa a poner, y sólo fue capaz de articular estas palabras: «No precipitéis vuestra boda por mÃ, os lo ruego. El matrimonio es un acto muy solemne».