Cranford

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—La señorita Matilda considerará tu plan, Martha —dije yo, impresionada por las ventajas que ofrecía y deseosa de no perder la oportunidad de considerarlo—. Y puedes estar segura de que ni ella ni yo jamás olvidaremos vuestra gentileza; ni tampoco la tuya, Jem.

—Claro, señora. Puede estar segura de que he hablado con sinceridad, aunque me he puesto un poco nervioso al ver que me apremiaban para casarme y tal vez no me he expresado como es debido. Estoy de acuerdo con la idea, sólo que tiene que darme un poco de tiempo para que me acostumbre. Vamos, Martha, muchacha, ¿se puede saber por qué lloras y me das manotazos cada vez que me acerco?

Estas últimas palabras, dichas sotto voce, tuvieron como efecto que Martha saliera dando brincos de la habitación seguida por su prometido, que la tranquilizaba. La señorita Matty se sentó y echándose a llorar con gran sentimiento explicó que la idea de Martha de casarse tan pronto la había impresionado y que nunca se perdonaría haber dado prisa a la pobre criatura. Creo que, de los dos, quien más compasión me inspiraba era Jem, pero tanto la señorita Matty como yo apreciábamos sinceramente la generosidad de la honrada pareja; sin embargo se habló poco de este tema y bastante de los riesgos y peligros del matrimonio.


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