Cranford

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Acudí a la cita tal como se me pedía. Lizzy, la sirvienta, me abrió la puerta vestida de domingo como si aquel día laborable prometiera un acontecimiento especial. El salón del primer piso estaba arreglado de acuerdo con la misma idea. La mesa estaba cubierta con el mejor tapete verde de jugar a las cartas y unos artículos de escritorio encima. Sobre el pequeño aparador había una bandeja con una botella de vino de vellorita recién decantado y unos bizcochos de soletilla. La señorita Pole también iba ataviada de modo solemne, como para recibir visitas, aunque no eran más que las once. Estaba también la señora Forrester, muy triste, llorando silenciosamente, y mi entrada no hizo más que renovar el llanto. Antes de acabar de saludarnos con porte de lúgubre misterio, se oyó de nuevo el picaporte y apareció la señora Fitz-Adam, colorada por la caminata y la excitación. Al parecer, ella era la última de las visitas esperadas, porque la señorita Pole dio repetidas muestras de que se iniciaba la sesión atizando el fuego, abriendo y cerrando la ventana, tosiendo y sonándose la nariz. A continuación nos dispuso a todas alrededor de la mesa, cuidando de que yo ocupase un asiento frente a ella, y finalmente me preguntó si era cierta la triste noticia, como mucho se temía, de que la señorita Matty había perdido toda su fortuna.



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