Cranford
Cranford —¡La señorita Matty! —continuó—. Aquella que yo consideraba una jovencita tan elegante cuando yo no era más que una muchacha del campo que iba a llevar huevos, mantequilla y otros productos al mercado. Pues mi padre, aunque acomodado, me obligaba a ello, como antes habÃa hecho mi madre, y yo tenÃa que venir a Cranford cada sábado y vigilar ventas, precios y todas las cosas. Un dÃa, lo recuerdo bien, encontré a la señorita Matty en el camino de Combehurst; ella iba caminando por el sendero, que como recordará queda un buen trozo por encima de la calzada, y un caballero cabalgaba a su lado y le iba hablando; ella, sin levantar los ojos, miraba unas prÃmulas que habÃa cogido y las iba destrozando. Creo que lloraba. Después de pasar, sin embargo, dio media vuelta y corrió a mi encuentro para interesarse, ¡tan amable!, por mi pobre madre, que yacÃa en su lecho de muerte. Cuando me eché a llorar, me cogió la mano para consolarme. El caballero la seguÃa esperando, y estoy segura de que su pobre corazón estaba rebosante. En aquel momento consideré un gran honor que fuera tan amable conmigo la hija del párroco que visitaba en Arley Hall. La quise desde entonces, aunque acaso no tuviera derecho a hacerlo. Si encuentra una manera de que pueda darle un poco más de dinero sin que nadie lo sepa, le estaré muy agradecida. Y mi hermano tendrá mucho gusto en asistirla como médico sin cobrarle ni medicinas ni sangrÃas, nada. Estoy convencida de que tanto él como su señorÃa (¡poco podÃa imaginar aquellos dÃas de los que hablaba ahora mismo que llegarÃa a convertirme en la cuñada de «su señorÃa»!) harÃan cualquier cosa por ella. Todos lo harÃamos.