Cranford

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Le di un beso afectuoso y corrí en pos de mi padre. He aquí el resultado de nuestra conversación: si todas las partes estaban de acuerdo, Martha y Jem se casarían con la menor demora posible y vivirían en la actual residencia de la señorita Matty; la cantidad con la que las damas de Cranford habían acordado contribuir anualmente sería suficiente para pagar la mayor parte del alquiler, y Martha decidiría libremente cuál era la cantidad que la señorita Matty debía pagar por el alojamiento y algunas pequeñas necesidades complementarias. En cuanto a las ventas, en un principio mi padre se mostraba receloso: los muebles de la rectoría, aunque habían sido usados con delicadeza y tratados con respeto, darían tan poco que sería como una gota de agua en el mar de las deudas del Town and County Bank. Pero cuando le expuse que la tierna conciencia de la señorita Matty se tranquilizaría al saber que había hecho cuanto estaba en su mano, accedió por fin, y más cuando le narré la anécdota de las cinco libras, que por cierto me valió una buena regañina por haberlo permitido. Luego hice referencia a mi idea de que podría engrosar su pequeña renta vendiendo té, y con gran sorpresa (pues puede decirse que casi había abandonado el plan), mi padre se aferró a ella con la energía del comerciante. Creo que calculaba cuánto le reportarían las gallinas antes de que se incubaran los huevos, pues de inmediato calculó que el beneficio de las ventas que la señorita Matty podía efectuar en Cranford ascendía a más de veinte libras al año. El pequeño comedor se convertiría en tienda, aunque sin ningún rasgo degradante. La mesa sería el mostrador; una de las ventanas permanecería igual y la otra se convertiría en una puerta de vidrio. Sin duda, mi brillante sugerencia me valió un ascenso en su estima. Sólo me quedaba esperar que la nuestra no decayera a los ojos de la señorita Matty. Sin embargo, ella estuvo conforme y escuchó con paciencia nuestros arreglos. Sabía, dijo, que hacíamos por ella cuanto podíamos y sólo esperaba, sólo estipulaba, poder pagar hasta el último cuarto de penique que pudiera considerarse que debía por respeto a su padre, que tan venerado había sido en Cranford. Mi padre y yo acordamos hablar lo menos posible del banco, incluso no volver a mencionarlo jamás si era posible. Algunos planes la dejaron sin duda un tanto perpleja, pero por la mañana había visto los desaires que yo recibía por mi poca comprensión y no se aventuró a hacer muchas preguntas; lo aceptó todo con la esperanza de que nadie tuviera que anticipar su boda por su culpa. Cuando llegamos al capítulo de la venta de té, noté que se sorprendía, no porque significase una pérdida de distinción, sino porque desconfiaba de su capacidad de acción al iniciar un nuevo estilo de vida y humildemente hubiera preferido sufrir más privaciones antes que el ejercicio de una actividad para la que temía no tener aptitudes. No obstante, al ver que mi padre insistía en la idea, suspiró y dijo que lo intentaría, y que si no lo hacía bien, naturalmente lo dejaría. Un aspecto positivo era que no creía que los hombres comprasen té, y era a ellos a quienes temía. Entre ellos hacían gala de unos modales tan toscos y ruidosos, ¡y hacían las cuentas y calculaban el cambio tan aprisa! Ahora bien, si podía sólo vender confites a los niños, estaba segura de que podría complacerlos.


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