Cranford
Cranford Abandoné a la señorita Matty con el espíritu tranquilo. Las ventas de té, durante los dos primeros días, superaron las expectativas más optimistas. Se diría que toda la región se había quedado sin té al mismo tiempo. La única variación que habría deseado en su manera de llevar el negocio era que no rogase tan encarecidamente a algunos parroquianos que no comprasen té verde, alegando que era un veneno lento que destruía los nervios y causaba todo género de dolencias. La obstinación en comprarlo de que hacían gala algunos parroquianos, a pesar de sus advertencias, la consternaba hasta tal punto que pensé que acabaría por renunciar a su venta y perder la mitad de la clientela. Yo me devanaba los sesos buscando casos de longevidad enteramente atribuibles al consumo continuado de té verde, pero el argumento definitivo que zanjó la cuestión fue una afortunada referencia mía a las velas de sebo y al aceite de ballena que los esquimales no sólo paladean sino que digieren. Después de esto, reconoció que «alimento para unos, veneno para otros» y desde aquel día se limitó a alguna amonestación circunstancial cuando opinaba que el comprador era demasiado joven e inocente para estar al corriente de los efectos dañinos que el té verde producía en ciertas constituciones, y a un suspiro habitual cuando se trataba de un parroquiano con edad suficiente para decidir con más sensatez.