Cranford

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Me desplazaba desde Drumble una vez al trimestre por lo menos para arreglar las cuentas y poner al día las cartas comerciales necesarias. Y hablando de cartas, empezó a avergonzarme el recuerdo de aquella que le había enviado a Aga Jenkyns, y me alegraba de no haberlo comentado con nadie. Mi única esperanza era que se hubiese perdido. Jamás obtuve respuesta ni indicio de ninguna clase.

Aproximadamente un año después de poner la tienda la señorita Matty, recibí uno de los jeroglíficos de Martha rogándome que acudiera a Cranford cuanto antes. Temiendo que la señorita Matty estuviese enferma, partí aquella misma tarde y Martha se llevó una buena sorpresa cuando vino a abrirme la puerta. Entramos en la cocina como de costumbre para celebrar nuestra conferencia privada y Martha me contó que iba a dar a luz muy pronto, en una o dos semanas. Puesto que dudaba que la señorita Matty estuviera enterada, quería que le comunicase yo la noticia y me dijo llorando histéricamente: «Verá, señorita, tengo miedo de que no lo apruebe y no sé quién va a cuidar de ella como se merece mientras yo deba guardar cama».





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