Cranford

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A la señorita Jessie no pareció gustarle demasiado la decisión, pero su terquedad, si alguna tenía, se había agotado en su determinación de asistir al sepelio. La pobre muchacha ansiaba, sin duda, llorar en solitario sobre la tumba de su querido padre, para quien ella lo había sido todo, y desahogarse aunque sólo fuera durante media hora sin que la interrumpieran las muestras de compasión ni la observaran las amistades. Mas no era posible. Aquella tarde, la señorita Jenkyns encargó una yarda de crespón negro y se aplicó con dedicación a ribetear la gorrita de seda negra que ya he descrito. Una vez terminada la tarea, se la puso y nos miró en busca de aprobación (despreciaba la admiración). Yo estaba profundamente afligida, mas por una de esas caprichosas ideas que involuntariamente nos vienen a la cabeza en momentos de intenso dolor, tan pronto como vi la gorra la asocié con un yelmo; y con aquella gorra híbrida, mitad yelmo, mitad gorra de jockey, la señorita Jenkyns asistió al entierro del capitán Brown y, según tengo entendido, dio ánimos a la señorita Jessie con una inestimable firmeza cariñosa e indulgente que permitió a esta derramar un llanto emocionado antes de marcharse. La señorita Pole, la señorita Matty y yo nos habíamos quedado atendiendo a la señorita Brown: tarea difícil fue aliviar sus incesantes lamentos quejumbrosos. Pero si nosotras estábamos tan agotadas y abatidas, ¡cuánto más lo habría estado la señorita Jessie! Y sin embargo, esta regresó casi tranquila, como si hubiera recobrado nuevas fuerzas. Tras quitarse la ropa de luto, entró con aspecto pálido y dulce y nos dio las gracias con un cálido y largo apretón de manos. Tuvo incluso fuerzas para sonreír —una sonrisa breve, dulce y fría—, como queriendo reafirmar su capacidad de resistencia; pero al verla así se nos llenaron los ojos de lágrimas, más aún que si la hubiéramos visto llorar sin reservas.


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