Cranford
Cranford Se decidió que la señorita Pole la acompañaría durante la noche de vela y que la señorita Matty y yo volveríamos por la mañana para relevarlas; de este modo daríamos a la señorita Jessie la oportunidad de descansar unas horas. Cuando llegó la mañana, sin embargo, la señorita Jenkyns se presentó a la hora del desayuno, ataviada con su gorra-yelmo, y ordenó a la señorita Matty que se quedara en casa, pues tenía la intención de acudir ella a atender a la enferma. Era evidente que se encontraba en un estado de gran exaltación de la amistad, que demostró tomando el desayuno de pie y regañando por toda la casa.
Ningún cuidado, ninguna mujer enérgica y decidida podían ayudar ahora a la señorita Brown. Al entrar en la habitación, un sentimiento de impotencia solemne y sobrecogedor, más fuerte que todas nosotras, nos hizo estremecer. La señorita Brown agonizaba. Apenas reconocimos su voz, despojada del tono resentido con el que siempre la habíamos asociado. Más tarde, la señorita Jessie me dijo que aquella voz, y también su cara, eran exactamente las mismas que cuando la muerte de su madre la había convertido en la joven e inquieta cabeza de una familia, de la que ahora la señorita Jessie era la única superviviente.