Cranford
Cranford Era consciente de la presencia de su hermana, aunque no lo era, creo, de la nuestra. Permanecimos un rato tras la cortina. La señorita Jessie se arrodilló y acercó el rostro al de su hermana para recoger sus últimos terribles susurros.
—¡Jessie! ¡Jessie! ¡Qué egoÃsta he sido! Que Dios me perdone por haber permitido que te sacrificaras por mà de esa manera. Te he querido mucho, y sin embargo sólo he pensado en mà misma. Que Dios me perdone.
—Calla, no hables, querida —sollozó la señorita Jessie.
—¡Y mi padre, mi queridÃsimo padre! No, no me quejaré ahora, si Dios me da fuerzas para ser paciente. Jessie, quiero que le digas a mi padre cómo ansiaba y anhelaba verlo al final, y que le ruegues que me perdone. Él no sabe hasta qué punto lo he amado. ¡Si por lo menos pudiera decÃrselo ahora, antes de morir! ¡Qué vida tan triste la suya, y qué poco he hecho para alegrarlo!
A la señorita Jessie se le iluminó el semblante.
—¿Te reconfortarÃa pensar que lo sabe? Si te consuela, querida mÃa, saber que sus penas y sus preocupaciones… —le tembló la voz, pero recobró enseguida la presencia de ánimo—. Mary, se ha ido antes que tú donde reposan los fatigados. Ahora ya sabe que lo amabas.