Cranford
Cranford El asunto de las criadas era un motivo permanente de queja, y no era de extrañar: si bien los caballeros eran escasos, o casi insólitos, en la «refinada sociedad» de Cranford, sus equivalentes —jóvenes apuestos— abundaban en las clases inferiores. Las preciosas criaditas tenían innumerables «pretendientes» entre los que elegir, y sus amas, aun cuando no sintieran el misterioso terror que los hombres y el matrimonio producían en la señorita Matilda, hacían bien en estar un poco inquietas, no fuera que sus lindas sirvientas perdieran la cabeza por el carpintero, el carnicero o el jardinero, los cuales, por su oficio, estaban obligados a acudir a la casa y además, ¡qué fatalidad!, solían ser bien parecidos y solteros. Los enamorados de Fanny, si es que tenía alguno (la señorita Matilda sospechaba de tantos flirteos que, de no haber sido la muchacha tan bonita, yo me habría inclinado por no atribuirle ninguno), eran una fuente constante de ansiedad para su señora. Al emplearla, una de las condiciones del contrato había sido la prohibición de tener «pretendientes»; y aunque la muchacha había respondido con cierta ingenuidad, mientras retorcía la punta del delantal: «Por favor, señora, yo nunca he tenido más de uno al mismo tiempo», la señorita Matty vetó incluso ese «uno». No obstante, se diría que la figura de un hombre rondaba por la cocina. Fanny me aseguraba que eran imaginaciones mías, pero yo juraría que una noche, al ir a buscar algo a la despensa, vi los faldones de una chaqueta masculina pasar como una exhalación por la cocina; y otra noche, cuando fui a mirar la hora al comedor porque nuestros relojes se habían parado, vi una extraña aparición, extraordinariamente parecida a un joven, que se apretujaba entre el reloj de pared y la parte trasera de la puerta abierta de la cocina; y me pareció que Fanny se apresuraba a apartar la vela, como si quisiera proyectar una sombra sobre la esfera, y decididamente me decía que era media hora antes de la hora real, tal como constatamos después al oír las campanadas de la iglesia. No quise, sin embargo, aumentar la ansiedad de la señorita Matty con mis sospechas, sobre todo cuando al día siguiente Fanny se quejó de aquella cocina tan extraña, poblada de sombras misteriosas que la atemorizaban. «Porque usted sabe bien, señorita —añadió—, que no veo a nadie desde el té de las seis hasta que el ama hace sonar la campanilla para las oraciones de las diez».