Cranford
Cranford Sin embargo sucedió que Fanny tuvo que irse y la señorita Matilda me rogó que me quedase para «adaptar» a la nueva criada, a lo cual consentí, tras informarme de que mi padre no me necesitaba en casa. La nueva sirvienta era una campesina tosca, con cara de honrada, que siempre había vivido en una granja, pero me gustó su aspecto cuando vino a presentarse y prometí a la señorita Matilda adiestrarla en las costumbres de la casa. Tales costumbres eran religiosamente las que la señorita Matilda consideraba que habrían merecido la aprobación de su hermana. En vida de la señorita Jenkyns llegaban a mis oídos murmuraciones y susurros quejumbrosos acerca de las normas y disposiciones domésticas de aquella casa, pero ahora que ella no estaba, creo que ni siquiera yo, que era su predilecta, me habría aventurado a insinuar cambio alguno. Pondré un ejemplo: constantemente cumplíamos las normas observadas otrora durante las comidas «en casa de mi padre, el párroco». Por consiguiente, siempre tomábamos vino y postre; pero las licoreras sólo se llenaban cuando había una reunión y el vino sobrante raramente se tocaba (aunque tomábamos dos vasos por cabeza todos los días después de comer) hasta que llegaba la fiesta siguiente; entonces, en consejo familiar, se examinaba el estado del vino que había quedado en las licoreras y por lo general se regalaba a los pobres. Pero alguna vez, si en la última reunión (celebrada tal vez cinco meses antes) había sobrado demasiado, se mezclaba con el vino de la botella recién subida de la bodega. Me temo que al pobre capitán Brown no le entusiasmaba el vino, porque, según me di cuenta, nunca terminaba el primer vaso, y eso que la mayoría de los militares tomaba varios. Otro ejemplo era el de los postres. Muchas veces la señorita Jenkyns recogía y conservaba uvaespina y grosellas para tomar después de las comidas, aunque yo pensaba si no habrían sabido mejor recién cogidas del árbol; aunque en tal caso, según observación de la señorita Jenkyns, en verano no habríamos tenido postres. Así pues, nos sentíamos de lo más refinadas con nuestros dos vasos por cabeza, un plato de grosellas en la cabecera, otro de galletas y uvas a los lados y las dos licoreras en el otro extremo. Cuando llegaba la temporada de las naranjas, se seguía un procedimiento muy curioso. A la señorita Jenkyns no le gustaba cortar la fruta, pues, como hacía notar, el jugo iba a parar quién sabe dónde; en cambio succionando (aunque creo que usaba un término más abstruso) era la única manera de disfrutar de las naranjas; el problema era la desagradable asociación de ideas con la ceremonia que frecuentemente realizan los niños de pecho y por esto en la temporada de las naranjas la señorita Jenkyns y la señorita Matty se levantaban en silencio a la hora del postre, cada una en posesión de una naranja, y se retiraban a la intimidad de sus habitaciones para entregarse a la succión de fruta.