Cranford
Cranford En un par de ocasiones intenté convencer a la señorita Matty de que no abandonase la mesa, y lo conseguí en vida de su hermana. Coloqué una pantalla en el centro de la mesa y dirigí la mirada hacia otro lado, a la vez que ella, como bien dijo, trataba de que el ruido no fuera demasiado ofensivo; pero ahora que se había quedado sola, parecía horrorizarse cuando le suplicaba que permaneciera conmigo en el comedor caldeado y se comiera la naranja a gusto. Y así ocurría con todo. Ahora, las normas de la señorita Jenkyns eran más estrictas que nunca porque su artífice se había ido donde no existía la apelación. En las demás cosas, la señorita Matilda era dócil e indecisa en extremo. Yo misma había oído a Fanny hacerla cambiar de idea veinte veces en una mañana acerca de la comida, al antojo de la muy desvergonzada; a veces tenía la impresión de que insistía en la debilidad de la señorita Matilda para apabullarla y así hacerla sentir que estaba más en poder de su astuta sirvienta. Decidí no marcharme hasta no estar segura de la clase de persona que era Martha y, si la encontraba digna de confianza, le pediría que no molestara a su ama por cualquier decisión insignificante. Martha era franca y sincera en exceso; por lo demás era activa y bienintencionada, aunque terriblemente ignorante. Apenas llevaba una semana con nosotras cuando una mañana llegó una carta que nos dejó estupefactas. Era de un primo de la señorita Matilda que había vivido veinte o treinta años en la India y que, según habíamos visto en el «Anuario del ejército», acababa de regresar a Inglaterra acompañado de su esposa inválida que nunca había presentado a sus parientes ingleses. El comandante Jenkyns comunicaba que él y su esposa tenían el propósito de pasar una noche en Cranford camino de Escocia, en la posada, si a la señorita Matilda no le resultaba conveniente alojarlos en su casa, en cuyo caso tenían la esperanza de poder pasar con ella la mayor parte del día. Tal como ella misma dijo, había de resultarle conveniente a la fuerza, ya que en Cranford todo el mundo sabía que tenía libre la alcoba de su hermana, pero sin duda habría preferido que el comandante se hubiera quedado en la India, olvidándose de sus primas para siempre.