Cranford
Cranford —¿Cómo me las voy a arreglar? —exclamó en tono de impotencia—. Si Deborah viviese, sabrÃa cómo tratar la visita de un caballero. ¿Tengo que poner navajas de afeitar en su vestidor? ¡Dios mÃo! ¡No tengo ninguna! Deborah las habrÃa tenido. ¿Y pantuflas? ¿Y cepillos para la ropa?
Insinué que probablemente él traerÃa de todo.
—Y después de comer, ¿cómo sabré cuándo es el momento de levantarme y dejarlo con su vino? Deborah se habrÃa desenvuelto a la perfección, como pez en el agua. ¿Crees que tomará café?
Asumà la responsabilidad del café y le aseguré que instruirÃa a Martha en el arte de servir —en el cual, en honor a la verdad, era francamente deficiente—, y que sin duda el comandante Jenkyns y su esposa se harÃan cargo de la vida apacible que llevaba una señora sola en una ciudad de provincias. Siguió, no obstante, agitada en extremo. Le hice vaciar las licoreras y subir dos botellas nuevas de la bodega. HabrÃa preferido que no estuviera presente mientras daba las instrucciones a Martha porque se inmiscuÃa constantemente con una nueva orden y desconcertaba a la pobre muchacha, que nos escuchaba a las dos inmóvil y con la boca abierta.