Cranford

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A su llegada observamos que el comandante y su esposa eran tranquilos y sencillos, y también lánguidos, como todos los indios orientales, pero quedamos consternadas al ver que traían a dos sirvientes: un criado indio para el comandante y una doncella fuerte y de edad madura para su esposa; pero durmieron en la posada y nos libraron de una buena parte de nuestras responsabilidades al procurar la comodidad de sus amos con gran dedicación. Ni un solo momento desvió Martha la vista del turbante blanco y la tez morena del indio, y la señorita Matilda se apartó un poco cuando este sirvió la comida. Incluso me preguntó, cuando se hubieron marchado, si no me recordaba a Barba Azul. En términos generales, la visita resultó satisfactoria y aún hoy es tema de conversación con la señorita Matilda; en su momento fue motivo de gran conmoción en Cranford y hasta despertó ciertas muestras de interés en la apática y honorable señora Jamieson cuando la visité para agradecerle que se hubiera brindado a responder a las preguntas de la señorita Matilda referentes a la manera de disponer el vestidor de un caballero, aunque debo confesar que sus consejos tenían el tono hastiado de la profetisa escandinava:

«Dejadme, dejadme reposar»[8].

Y por fin llegamos al asunto amoroso.


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