Cranford

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Durante el viaje a Woodley se mantuvo en un estado de callada agitación. Por supuesto que nunca había estado allí y aunque poco podía imaginar que yo conocía su historia percibí que se estremecía ante la idea de ver la casa que pudo ser la suya y en torno a la cual era probable que se agolparan muchos de sus sueños juveniles. El viaje era largo y el calesín traqueteaba por senderos empedrados. La señorita Matilda iba muy erguida en su asiento y a medida que nos acercábamos al fin de nuestro viaje miraba por las ventanillas con aire nostálgico. El paisaje ofrecía un aspecto tranquilo y bucólico. Woodley se erguía entre los campos y en el jardín de aire antiguo los rosales rozaban a los groselleros y las livianas esparragueras conformaban un magnífico fondo para clavelinas y alhelíes. No se podía llegar en coche hasta la puerta de la casa, de modo que nos apeamos junto a la pequeña cerca y fuimos caminando por un sendero bordeado de arbustos de boj.

—Mi primo podría haber hecho un camino, ¿no creen? —dijo la señorita Pole, que le temía al dolor de oídos y no se quitaba la gorra por nada.





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