Cranford
Cranford —Yo lo encuentro precioso —replicó la señorita Matty con un leve tono quejumbroso, casi en un susurro, pues en aquel momento apareció en la puerta el señor Holbrook frotándose las manos con gran fervor hospitalario. Su aspecto era el más parecido al Quijote que haya yo visto nunca, aunque la similitud era sólo externa. A su lado esperaba recatadamente su respetable ama de llaves para darnos la bienvenida. Cuando acompañó a las damas de más edad a la habitación, pregunté si podÃa dar una vuelta por el jardÃn; el anciano caballero, sin duda complacido por mi petición, me llevó a dar un paseo por el lugar y me enseñó las veintiséis vacas, que respondÃan al nombre de las distintas letras del alfabeto. Mientras caminábamos me sorprendió repitiendo unas citas hermosas y apropiadas de poetas, desde Shakespeare y George Herbert hasta nuestros contemporáneos. Recitaba con tal naturalidad que parecÃa pensar en voz alta y sus palabras maravillosas y certeras eran la mejor expresión de lo que pensaba o sentÃa. Por cierto que a Byron le llamaba «mi lord Byrron», y pronunciaba el nombre de Goethe estrictamente según la pronunciación inglesa de las letras. En suma, jamás conocà a un hombre, ni antes ni después, que hubiera pasado una parte tan importante de la vida en un paraje apartado y tan poco grandioso como aquel sintiendo un deleite creciente por la belleza y el cambio diario y anual de las estaciones. Cuando regresamos a la casa, la comida ya estaba casi dispuesta en la cocina (supongo que es asà como habÃa que llamarla, pues aquello estaba lleno de armarios y aparadores de roble que rodeaban la chimenea y sólo una pequeña alfombra turca se extendÃa en el centro del suelo de losas). Aquella habitación se habrÃa podido convertir fácilmente en un bonito comedor de roble oscuro con sólo quitar el horno y unos pocos accesorios de cocina que evidentemente no se usaban nunca, ya que la cocina de verdad estaba en otra parte. La estancia en la que se suponÃa que Ãbamos a aposentarnos era fea y estaba amueblada frÃamente, pero aquella en la que al fin nos sentamos era la que el señor Holbrook denominaba la contadurÃa, estancia dominada por un gran escritorio junto a la puerta desde el cual entregaba la paga semanal a sus peones. El resto de la hermosa sala —sumida en las sombras danzantes de los árboles, pues daba al patio— estaba repleta de libros. Se amontonaban sobre el suelo, llenaban las paredes y cubrÃan la mesa. Sin duda se sentÃa avergonzado y a la vez orgulloso de su extravagancia en este aspecto. Los libros pertenecÃan a todos los géneros, aunque prevalecÃan la poesÃa y los cuentos fantásticos. Era evidente que los elegÃa de acuerdo con su gusto personal y no porque fueran obras clásicas o de reconocido prestigio.