Cranford
Cranford —Los granjeros no deberÃamos tener mucho tiempo para leer —se lamentó—. Sin embargo, confieso que no puedo evitarlo.
—¡Qué habitación tan bonita! —comentó la señorita Matty en voz baja.
—SÃ, es un lugar maravilloso —exclamé yo en voz alta casi simultáneamente.
—Está bien si les gusta… —replicó él—; pero ¿quieren sentarse en esas tres magnÃficas sillas de cuero negro que hay en el rincón? Yo lo prefiero al mejor salón, pero me ha parecido que las señoras considerarÃan este último mejor dispuesto.
Acaso estuviese mejor dispuesto, pero como todos los lugares elegantes, no era en absoluto bonito, agradable ni acogedor; asà pues, mientras almorzábamos, la sirvienta restregó y quitó el polvo a las sillas de la contadurÃa y allà pasamos el resto del dÃa.
Antes de la carne nos sirvieron un budÃn y yo creà que el señor Holbrook iba a disculparse por sus costumbres anticuadas, ya que empezó:
—Tal vez les gusten los hábitos modernos.
—¡No, no! ¡En absoluto! —replicó la señorita Matty.