Cranford
Cranford Fui testigo de un espléndido paraguas familiar de seda roja bajo el cual, en los días lluviosos, una solterona dulce y menuda que había sobrevivido a numerosos hermanos y hermanas se dirigía apresuradamente a la iglesia. ¿Han visto alguna vez un paraguas de seda roja en Londres? Se conserva el recuerdo del primero que apareció en Cranford: los mozalbetes se apiñaban a su alrededor y le llamaban «bastón con enaguas». Bien podría tratarse del paraguas de seda roja que he descrito, sostenido por un robusto padre de familia que cobijaba a una tropa de chiquillos; la menuda solterona —la que los había sobrevivido a todos— apenas tenía fuerzas para llevarlo.
En aquel tiempo había un reglamento establecido para ir de visita y para recibir en casa, que se comunicaba debidamente a las jóvenes que llegaban a la población con la misma solemnidad con que antiguamente se leían las antiguas leyes de la isla de Man, en el monte Tiwald, una vez al año[2].
«Nuestras amigas se interesan por su estado, querida, tras el viaje de esta noche» (quince millas en un carruaje de lujo). «Mañana la dejarán reposar, pero sin duda pasado mañana vendrán a visitarla. Así pues, deberá estar disponible a partir de las doce (nuestra hora de visita es de las doce a las tres).»
Y luego, tras la visita:
