Cranford
Cranford Cuando nos sirvieron los patos con guisantes, las señoras cruzamos una mirada de consternación. El tenedor de mango negro no tenía más que dos dientes. Cierto que el acero brillaba como la plata, pero ¿cómo íbamos a hacerlo? La señorita Matty fue pinchando los guisantes uno a uno con el diente del tenedor, igual que Aminé cuando cogía los granos de arroz antes del festín con el demonio[9]. La señorita Pole suspiraba pensando en los finos y tiernos guisantes de su jardín a la vez que los dejaba intactos a un lado del plato, pues se habrían escurrido entre los dientes del tenedor. Miré a mi anfitrión: las legumbres entraban a paletadas en la boca amplia, ayudadas por el gran cuchillo de punta redonda. ¡Vi, imité y sobreviví! Mis amigas, a despecho del precedente sentado, no lograron armarse del valor suficiente para comportarse con tan poca elegancia y si el señor Holbrook no hubiera disfrutado de tan inmenso apetito, probablemente habría visto que los guisantes volvían a la cocina prácticamente intactos.