Cranford
Cranford Después de comer trajeron una pipa de arcilla y una escupidera; el anfitrión nos invitó a pasar a otra sala, donde más tarde se reuniría con nosotras, por si nos molestaba el humo del tabaco; antes, sin embargo, ofreció la pipa a la señorita Matty y le pidió que llenara la cazoleta de tabaco. En su juventud, aquello era un cumplido para una dama, pero resultaba inapropiado proponer tal honor a la señorita Matty, educada por su hermana en el más absoluto aborrecimiento por toda clase de fumadores. Mas si fue un impacto para su refinamiento, ser elegida también supuso una gratificación para sus sentimientos, por lo cual cogió el fuerte tabaco y rellenó la pipa con delicadeza. Acto seguido, abandonamos la sala.
—Es muy agradable almorzar con un soltero —susurró la señorita Matty, mientras nos instalábamos en la contaduría—. Espero que no sea incorrecto, eso sí. ¡Tantas cosas agradables lo son!
—¡Qué cantidad de libros! —exclamó la señorita Pole paseando la mirada por la habitación—. ¡Y qué polvorientos!
—Es como una de las habitaciones del gran doctor Johnson, si no me equivoco —dijo la señorita Matty—. Qué hombre tan notable debe de ser su primo.
—Sí —asintió la señorita Pole—, es un gran lector, pero me temo que viviendo solo ha adquirido unas costumbres muy toscas.