Cranford
Cranford —Me parece un juicio muy rÃgido. Yo más bien dirÃa que es un excéntrico. Las personas muy inteligentes siempre lo son —replicó la señorita Matty.
Cuando el señor Holbrook se reunió con ellas, propuso un paseo por los campos, pero las dos ancianas temÃan la humedad y el polvo y sólo llevaban unas capotas inapropiadas para cubrirse las gorras; asà que declinaron la invitación y yo volvà a ser su acompañante en el paseo que, según dijo, debÃa hacer para controlar a sus peones. Daba grandes zancadas, no sé si porque habÃa olvidado por completo mi existencia o porque disfrutaba en silencio de su pipa, aunque la calma no era absoluta. Andaba encorvado, con las manos enlazadas a la espalda. Cada vez que un árbol, una nube o un retazo de pasto de las distantes tierras altas le conmovÃa, recitaba una poesÃa para sà con voz grave y sonora y el énfasis exacto que dan la apreciación y el sentimiento verdadero. Llegamos a un cedro centenario que se erguÃa a un lado de la casa.
«El cedro extiende sus capas de sombra verde oscura».
—MagnÃfico término: «¡Capas!». ¡Qué hombre tan extraordinario!
No sabÃa si hablaba conmigo o no, pero expresé un «maravilloso» de aprobación, aunque no sabÃa nada de ello, porque estaba cansada de que me olvidasen y también de permanecer callada.