Cranford
Cranford Y prosiguió su camino balanceándose al compás de alguna música que retenÃa en la memoria. Cuando regresamos, su único interés era leernos los poemas de los que habÃa hablado. La señorita Pole le animó en su propósito porque, según creo, deseaba que yo escuchase su magnÃfica dicción que tanto nos habÃa elogiado, aunque más tarde dijo que era porque se hallaba en un momento delicado de su labor de ganchillo y necesitaba contar los puntos sin tener que hablar. A la señorita Matty le habrÃa parecido bien cualquier cosa que él hubiera propuesto, aunque se quedó profundamente dormida a los cinco minutos de empezar él la lectura de un largo poema titulado «Locksley Hall» y echó una cómoda siesta hasta el final sin ser observada; cuando el silencio de la voz la despertó, consciente de que se esperaba un comentario suyo y de que la señorita Pole estaba contando, exclamó: «¡Qué libro más bonito!».
—¿Bonito, señora? ¡Es hermoso! Bonito no es nada.
—SÃ, claro. QuerÃa decir hermoso —dijo ella agitada por la desaprobación de su calificativo—. Se parece a un magnÃfico poema del doctor Johnson que mi hermana solÃa leer; ahora no recuerdo su nombre. ¿Cómo era, querida? —preguntó volviéndose a mÃ.
—No sé a cuál se refiere, señora. ¿De qué trataba?