Cranford
Cranford Me figuro que algunas de las buenas familias de Cranford eran pobres y tenían dificultades para llegar a fin de mes, pero ocultaban sus pesares tras un rostro sonriente, como los espartanos. Jamás hablábamos de dinero, pues era un tema propio del comercio y, aunque algunas pudieran ser pobres, éramos todas aristocráticas. Las gentes de Cranford tenían ese bondadoso esprit de corps que les permitía pasar por alto los intentos fallidos de las que querían ocultar su pobreza. Cuando la señora Forrester, por ejemplo, ofrecía una merienda en el saloncito de su casa y la joven doncella debía molestar a las señoras que se sentaban en el sofá para sacar la bandeja del té que estaba debajo, todas aceptábamos aquel original proceder como si fuera la cosa más natural del mundo; hablábamos de buenas formas y ceremonias domésticas como si creyéramos que nuestra anfitriona tenía una gran casa llena de criados, con otra mesa, ama de llaves y mayordomo, en vez de aquella criadita procedente de la escuela de caridad cuyos brazos cortos y enrojecidos no hubieran tenido la fuerza suficiente para subir la bandeja al piso superior de no haberla ayudado, a escondidas, su señora; esta permanecía ahora sentada muy solemne, pretendiendo ignorar qué clase de pasteles iban a subir, aunque sabía, y nosotras sabíamos, y ella sabía que nosotras sabíamos, y nosotras sabíamos que ella sabía que nosotras sabíamos que se había pasado la mañana haciendo bollos y bizcocho.