Cranford

Cranford

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La señorita Matty Jenkyns era reacia a consumir velas y seguíamos una gran cantidad de estratagemas para gastar las menos posibles. En las tardes de invierno se sentaba a hacer calceta durante dos o tres horas, a veces a oscuras o aprovechando el resplandor de la lumbre. Cuando le preguntaba si podía mandar a buscar las velas para terminar de coser los puños, me decía que «me tomase el descanso del ciego». Por lo general las traían a la hora del té, pero sólo encendíamos una a la vez. Como vivíamos con la constante espera de la visita de alguna amiga (que no se producía nunca), se requerían ciertas tretas para conservar las dos velas a la misma altura y poder así encender la segunda dando la impresión de que las dos habían ardido todo el tiempo a la vez. Las encendíamos por turnos y, por importante que fuera lo que dijésemos o hiciéramos, la señorita Matty no apartaba los ojos de la llama, pronta a levantarse de un salto para apagar una y encender la otra antes de que fueran demasiado desiguales para equipararlas de nuevo en el curso de la velada. Recuerdo una noche en la que tal ahorro me contrarió especialmente. Estaba cansada de mi «descanso del ciego» obligatorio, sobre todo porque la señorita Matty se había quedado dormida y no me atrevía a avivar el fuego por temor a despertarla; así es que ni siquiera podía sentarme en la alfombra y achicharrarme cosiendo al resplandor de la lumbre, según era mi costumbre. Supuse que la señorita Matty soñaba con sus años de juventud, pues en su sopor inquieto pronunció un par de palabras que hacían referencia a personas muertas muchos años antes. Cuando Martha trajo el té y la vela encendida, la señorita Matty se despertó sobresaltada y dirigió una mirada extraña, llena de perplejidad, a su alrededor como si no fuéramos nosotras las personas a las que esperaba ver. Al reconocerme, una expresión de leve tristeza ensombreció su cara, pero inmediatamente se esforzó por dirigirme su sonrisa habitual. Durante el té no paró de hablar de los días de su infancia y juventud, lo cual probablemente le reavivó el deseo de examinar las antiguas cartas familiares y destruir aquellas que no debían caer en manos extrañas; a menudo hablaba de la necesidad de llevar a cabo dicha tarea, pero siempre la acobardaba un tímido espanto al recuerdo doloroso. Aquella noche, no obstante, después del té se levantó y fue a buscarlas a oscuras, pues se jactaba del esmerado orden que reinaba en su habitación, y solía dirigirme una mirada reprobatoria cuando yo encendía un cabo de vela para ir a otra habitación a buscar algo. A su regreso, la estancia se inundó de la fragancia suave y agradable de habas toncas. Siempre había reparado que las cosas que pertenecían a su madre despedían este olor y muchas de las cartas iban dirigidas a ella: fajos de cartas de amor amarillentas que tenían sesenta o setenta años.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker