Cranford
Cranford La señorita Matty desató el paquete con un suspiro que reprimió al instante como si no considerase correcto lamentar el paso del tiempo, o de la vida. Convinimos en mirarlas por separado: cada una cogería una carta del mismo paquete y describiría su contenido antes de destruirla. Antes de aquella noche nunca había imaginado que la lectura de unas cartas antiguas fuera una labor tan triste, aunque no sabía decir exactamente por qué. Las cartas eran lo más alegres que podían ser las de su especie, por lo menos aquellas primeras. Desprendían un vívido e intenso sentido del presente que parecía tan poderoso y completo que nunca pudiera extinguirse, como si los corazones cálidos y vivos que lo expresaban jamás hubieran de morir y dejar de existir para la tierra resplandeciente. Mi melancolía habría sido menor, creo, de haber sido las cartas más lánguidas. Las lágrimas corrían por las arrugas profundas de las mejillas de la señorita Matty, que debía limpiarse las gafas constantemente. Confiaba en que por fin encendería la otra vela pues yo también tenía los ojos empañados y necesitaba más luz para ver la tinta pálida y desvaída; mas no fue así, pues aun a través de las lágrimas veía y recordaba sus pequeñas manías ahorradoras.