Cranford
Cranford La serie de cartas más antiguas se componía de dos paquetes atados juntos y con una etiqueta (con la letra de la señorita Jenkyns): «Cartas intercambiadas entre mi siempre venerado padre y mi amada madre antes de su matrimonio, en julio de 1774». Conjeturé que el párroco de Cranford rondaba los veintisiete años cuando escribió aquellas cartas, y la señorita Matty me dijo que su madre acababa de cumplir los dieciocho cuando se casó. Con la idea que me había formado del párroco a partir del cuadro que colgaba en el comedor, donde aparecía altivo y majestuoso, con una enorme peluca, esclavina, sotana y golilla, y la mano sobre un ejemplar del único sermón que había publicado, era extraño leer aquellas cartas rebosantes de un ardor ansioso y apasionado, de frases cortas y simples, dictadas por el corazón (muy diferentes del grandilocuente y latinizado estilo johnsoniano del sermón impreso, predicado ante un juez de la audiencia). Sus cartas ofrecían un curioso contraste con las de su prometida. No cabía duda de que a ella la importunaban bastante aquellas solicitudes de declaraciones amorosas y no alcanzaba a comprender qué sentido tenía repetir lo mismo una y otra vez de distintas maneras; pero lo que estaba claro en ella era su deseo de poseer un «Paduasoy»[11] blanco, fuera lo que fuera aquello; dedicaba seis o siete cartas principalmente a pedir a su amado que utilizase su influencia con sus padres (quienes sin duda la mantenían bien a raya) para conseguir tal o cual prenda de vestir, y muy en especial el blanco «Paduasoy». A él le importaba muy poco cómo se vistiera ella, pues siempre la encontraba encantadora, tal como se esforzaba en hacerle saber cuando ella le suplicaba que en la próxima carta le expresara sus preferencias por unas determinadas prendas muy refinadas y poder así mostrar a sus padres los deseos de su futuro marido. Pero finalmente le pareció comprender que no se casaría hasta que no tuviese un ajuar a medida de su deseo y le mandó una carta, que sin duda acompañaba una caja llena de prendas exquisitas, en la que le pedía que se engalanase con aquello que le pidiera el corazón. Era la primera carta rotulada con una letra frágil y delicada «De mi queridísimo John». Supongo que poco después se casaron, a juzgar por la interrupción de su correspondencia.