Cranford
Cranford —Creo que debemos quemarlas —dijo la señorita Matty con mirada dudosa—. Cuando yo me haya ido, nadie se interesará por ellas.
Y una a una las fue dejando caer al fuego. Las vi arder, extinguirse y ascender con su imagen leve, blanca y fantasmal hacia la chimenea, antes de dar a la siguiente el mismo destino. Ahora la habitación estaba bien iluminada, pero yo también contemplaba fascinada la destrucción de aquellas cartas, en las que se habÃa desahogado el afecto sincero de un corazón masculino.
En la siguiente carta, etiquetada también por la señorita Jenkyns, rezaba: «Carta de piadosa felicitación y exhortación de mi venerable abuelo a mi amada madre, en ocasión de mi nacimiento. Contiene asimismo algunas observaciones prácticas de mi magnÃfica abuela sobre la conveniencia de mantener bien calientes las extremidades de los recién nacidos».