Cranford

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La primera parte era ciertamente una descripción severa y contundente de las responsabilidades de una madre y una advertencia sobre los males del mundo que, como seres maléficos, acechan a una criatura de dos días. Su esposa no escribía porque, según decía el anciano caballero, él mismo se lo había prohibido por estar indispuesta con un esguince de tobillo que (decía él) prácticamente la incapacitaba para sostener la pluma. Al pie de la página, sin embargo, aparecía una pequeña anotación indicando que seguía en el reverso y allí, naturalmente, había una carta dirigida a «Mi querida, queridísima Molly», donde le rogaba que al abandonar la habitación, hiciera lo que hiciera, subiese las escaleras antes de bajarlas, y le recomendaba que envolviera los pies de la niña en franela y la mantuviera al calor de la lumbre aunque ya era verano, pues los recién nacidos son muy frágiles. Era hermoso observar, a través de las cartas que se cruzaban con frecuencia la joven madre y la abuela, que el amor por la niña erradicaba la vanidad juvenil de su corazón. El blanco «Paduasoy» seguía presente en las cartas casi con más intensidad que antes. En una, para hacer la capa bautismal de su hija. Con ella iba engalanada cuando sus padres la llevaron a pasar un par de días a Arley Hall y aumentaba su encanto, pues «es la criatura más bonita que jamás se haya visto. ¡Madre querida, si pudieras verla! Sinceramente creo, con toda imparcialidad, que será una auténtica belleza». Al pensar en la señorita Jenkyns, canosa, marchita y arrugada, me pregunté si su madre la habría reconocido en la corte celestial, mas enseguida comprendí que sí, pues allí todas tenían el aspecto de ángeles.


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