Cranford
Cranford Las cartas con las que respondÃa a su esposo (y que este atesoraba con tanta devoción como si fueran las EpÃstolas de Cicerón) resultaban más satisfactorias para un esposo y padre que se hallaba ausente que para ella misma. Le contaba que Deborah cosÃa primorosamente cada dÃa y que le leÃa los libros que él habÃa dispuesto; que era una niña muy buena y «aplicada», pero que hacÃa preguntas que su madre no podÃa responder, pero como ella no querÃa defraudarla diciendo que no lo sabÃa, se ponÃa a remover el fuego o mandaba a la niña «aplicada» a un recado. Matty era ahora la niña de los ojos de su madre y prometÃa (como su hermana a su misma edad) ser una gran belleza. Yo leÃa la carta en voz alta para la señorita Matty, quien suspiró sonriente ante la esperanza expresada tan orgullosamente de que «la pequeña Matty no serÃa vanidosa aunque fuese una gran belleza».
—TenÃa un cabello muy bonito —dijo la señorita Matilda—. Y una boca bastante atractiva. —Dicho lo cual se arregló la gorra al tiempo que se sentaba más erguida.