Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Un día, los caballeros habían salido de caza con escasa fortuna, creo. Al menos en el caso del señor Gisborne, con ninguna, por lo que estaba de muy mal humor. Regresaba a la casa, con el arma cargada sujeta a la cazadora, y al salir del bosque y pasar por delante de la casita de Bridget, se cruzó en su camino el pequeño Mignon. En parte sin motivo y en parte para desahogar la cólera con un ser vivo, el señor Gisborne alzó la escopeta y disparó. Más le habría valido no volver a disparar nunca que hacer aquel tiro desdichado que alcanzó a Mignon. Bridget oyó el grito del animal, salió corriendo y vio lo que había pasado. Cogió al perro en brazos y examinó detenidamente la herida; el pobre animalillo la miró con ojos vidriosos e intentó menear el rabo y lamerle la mano ensangrentada. El señor Gisborne habló con cierto arrepentimiento huraño:

—Tendrías que haber apartado al perro de mi camino, esa pequeña alimaña furtiva.

En ese instante Mignon estiró las patas y se quedó rígido en brazos de Bridget: el perro de su Mary desaparecida, que había vagado y llorado con ella tantos años. Avanzó hasta interponerse en el camino del señor Gisborne y clavó una mirada lúgubre y terrible en los ojos hoscos y malhumorados de él.


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