Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Pronto le hizo padre de una hijita radiante, a quien pusieron de nombre Augharad, como su madre. Pasaron varios años tranquilos en el hogar de Bodowen; y, cuando todas las ancianas ya habían proclamado que la cuna no volvería a mecerse, la señora Griffiths dio a luz a un varón y heredero. La madre murió al poco tiempo: había estado enferma y abatida durante el embarazo y parece que le faltaron las fuerzas físicas y mentales necesarias para superar la prueba. Su muerte prematura causó un profundo dolor a su marido, que la amaba más por el hecho de no disponer de muchas otras cosas que reclamasen su afecto, y como único consuelo le quedó el dulce muchachito que ella había dejado. La situación de desamparo del niño, que extendía los brazos hacia su padre con el mismo ronroneo anhelante con que los niños más felices sólo se dirigen a su madre, estimuló, al parecer, el aspecto más tierno y casi femenino del señor. Apenas prestaba atención a Augharad, mientras que el pequeño Owen era el rey de la casa. Pero no había nadie que cuidase con más amor al niño que su hermana, aparte de su padre. Ella estaba tan acostumbrada a ceder que ya no le molestaba hacerlo. Owen era el compañero constante de su padre noche y día, y parece que los años confirmaron la costumbre. No era una vida normal para el niño, que no veía caritas alegres mirando la suya (pues ya he dicho que Augharad era cinco o seis años mayor, y la pobre huérfana no solía estar muy alegre), ni oía bullicio de voces cantarinas, sino que compartía día tras día las horas de su padre, por lo demás solitarias, en la oscura habitación llena de extrañas antigüedades, o correteando con sus piececitos para seguir el paso de su tada en las caminatas por la montaña o en sus excursiones cinegéticas. Cuando llegaban a algún arroyo de curso rápido con las piedras del paso muy separadas, el padre cogía en brazos al hijo con amoroso cuidado; cuando el niño se cansaba, descansaban y el pequeño se acurrucaba junto a su padre, o este lo llevaba en brazos a casa. Complacían su deseo de compartir las comidas y hacerlo a las mismas horas, pues su padre se sentía halagado por ello. Owen no era un niño malcriado con tantos mimos, aunque tampoco era un niño feliz, y se volvió muy obstinado. Tenía una expresión seria, poco frecuente en un muchachito. No conocía juegos ni ejercicios alegres; su información era de carácter imaginativo y especulativo. El padre disfrutaba interesándole en sus propios estudios, sin considerar hasta qué punto podían ser saludables para una inteligencia tan tierna.


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