Cuentos goticos
Cuentos goticos El señor Griffiths conocía la profecía que debía cumplirse en su generación. Se refería a ella con escéptica ligereza alguna que otra vez cuando estaba con sus amigos; pero lo cierto es que pensaba en ella más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Su vigorosa imaginación le hacía muy sensible a esos temas; y su buen juicio, escasamente ejercitado o fortificado por un pensamiento riguroso, no podía impedir que volviera a ellos. Solía contemplar la cara triste del niño, que lo miraba amorosamente con sus grandes ojos oscuros pero de forma inquisitiva, hasta que la leyenda le angustiaba y le resultaba demasiado doloroso seguir contemplándolo sin la debida compasión. Además, el amor irresistible que profesaba al niño parecía exigir mayor alivio que palabras dulces; le gustaba, pero temía reprenderle, recordando la temible predicción. De todos modos, le contaba la leyenda en tono medio burlón mientras vagaban por los páramos en los días de otoño, «los más tristes del año», o cuando descansaban en la habitación revestida de roble, rodeados de misteriosas reliquias que emitían un brillo extraño a la parpadeante luz del fuego. La leyenda se grabó así en la memoria del niño, que no se cansaba de oírla una y otra vez, aunque temblaba mientras las palabras se entremezclaban con caricias y preguntas sobre su amor. De vez en cuando interrumpía los actos y palabras cariñosas del pequeño este ligero pero amargo comentario de su padre: «Aparta, hijo mío; no sabes lo que va a ser de todo este amor».