Cuentos goticos
Cuentos goticos El contacto de sus manos despertó el afligido corazón del joven.
—¡Oh, Nest! —exclamó, abrazándola—. ¿Me amas todavÃa? ¿Puedes amarme, bien mÃo?
—¿Y por qué no? —preguntó ella, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ahora te quiero más que nunca, eres el padre de mi pobre niño!
—Pero Nest… ¡Oh, explÃcaselo, Ellis! ¡Tú lo sabes!
—¡No es necesario, no es necesario! —dijo Ellis—. Ya tiene bastante en que pensar. Anda, muévete, hija, tráeme la ropa de los domingos.
—No entiendo —dijo Nest, llevándose la mano a la cabeza—. ¿Qué hay que explicar? ¿Y por qué estás tan mojado? ¡Válgame Dios, qué tonta soy, no entiendo lo que decÃs ni vuestras extrañas miradas! ¡Sólo sé que mi hijo ha muerto! —Se echó a llorar.