Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Vamos, Nest! ¡Ve a buscarle una muda, rápido! —y mientras ella obedecÃa dócilmente, demasiado abatida para seguir esforzándose en entender, Ellis le dijo a Owen, en voz baja—: ¿Quieres decir que el señor ha muerto? Habla bajo para que ella no te oiga. Bien, bien, no hace falta que digas cómo murió. Fue de repente, ya veo. Todos tenemos que morir. Y habrá que enterrarlo. Es buena cosa que se acerque la noche. Y no me extrañarÃa que ahora te apeteciese viajar un poquito; a Nest le sentarÃa muy bien; y luego… más de uno abandona el hogar y no vuelve; y (espero que no yazca en su casa), y hay un revuelo durante una temporada y una búsqueda y conmoción y desconcierto, y, pasado un tiempo, aparece de pronto el heredero tan tranquilo. Y eso será lo que harás, y llevarás a Nest a Bodowen por fin. No, hija, esas medias no, tráeme otras; busca las azules de lana que compré en la feria de Llanrwst. Basta con que no pierdas el valor. Lo hecho, hecho está. Es algo que tenÃas que hacer desde los tiempos de los Tudor, según dicen. Y se lo merecÃa. Mira esa cuna. Asà que dinos dónde está, y me armaré de valor y veré qué se puede hacer con él.
Pero Owen seguÃa pálido y empapado, sin prestar atención a lo que le decÃa Ellis, mirando el fuego de turba como si buscase en él visiones del pasado. Tampoco se movió cuando Nest le llevó ropa seca.