Cuentos goticos
Cuentos goticos Le ayudó a quitarse la ropa mojada porque él no podía hacerlo solo, y Ellis preparó algo de comer y un vaso grande de licor con agua caliente. Se plantó delante del desdichado joven y le obligó a comer y a beber, y ordenó a Nest que tomara también unos bocados, sin dejar de pensar en lo que había que hacer y quién tenía que hacerlo; no sin cierta vulgar sensación de triunfo al pensar que su hija, así como la veía ahora, desaliñada y despeinada en su aflicción, era en realidad la señora de Bodowen, la casa más grande que Ellis Pritchard había visto en su vida, aunque sabía que las había mayores.
Consiguió averiguar todo lo que quería saber de Owen interrogándole hábilmente mientras comía y bebía. En realidad, casi fue un alivio para el joven atenuar el horror hablando de él. Antes de terminar la comida, si es que podía llamarse así, Ellis sabía todo lo que quería saber.
—Vamos, Nest, coge la capa y las mantas. Prepara lo que necesites, porque tú y tu marido tenéis que estar a mitad de camino de Liverpool mañana por la mañana. Yo os llevaré por Rhyl Sands en mi barca, con la vuestra a remolque; y, una vez pasada la zona peligrosa, volveré con mi carga de pescado y averiguaré lo que pasa en Bodowen. Una vez ocultos y seguros en Liverpool, nadie sabrá dónde estáis y esperaréis tranquilamente hasta que llegue el momento de volver.