Cuentos goticos
Cuentos goticos La sacó del trance de recuerdos el capitán Holdernesse, el cual, habiendo dado las órdenes e instrucciones necesarias a su segundo de a bordo, se acercó a ella y, tras elogiarla por su serena paciencia, le dijo que la llevaría ya a casa de la viuda Smith, un lugar decente donde él y muchos otros marineros de categoría solían alojarse en su estancia en la costa de Nueva Inglaterra. Le contó que la viuda Smith tenía una sala para sus hijas y para ella, en la que Lois podría acomodarse mientras él atendía los asuntos que, como ya le había dicho, le retendrían en Boston un par de días, antes de que pudiese acompañarla a Salem a casa de su tío. Todo esto ya lo habían hablado en el barco; pero, a falta de otros temas de conversación, el capitán Holdernesse se lo repitió en el camino. Era su forma de demostrar que comprendía la emoción que le llenó sus ojos grises de lágrimas cuando la joven se levantó en el muelle al oírle. En su fuero interno se decía: «¡Pobre muchacha! ¡Pobre muchacha! Es una tierra extraña para ella y no conoce a nadie y, lo admito, tiene que sentirse desolada. Procuraré animarla». Así que le habló de los problemas de la vida que le aguardaba hasta que llegaron a la posada de la viuda Smith; y tal vez Lois se animase más con aquella conversación y las ideas nuevas que le planteaba que con la más tierna simpatía femenina.