Cuentos goticos
Cuentos goticos Pero Dios la consoló, y también le dio fuerzas. Aquel miércoles, a última hora de la tarde, llevaron a otra «bruja» a su celda, y les pidieron a ambas con palabras injuriosas que se hicieran compañía. La recién llegada cayó postrada del empujón que le dieron en la puerta; y Lois, que sólo había visto a una anciana harapienta que yacía desvalida en el suelo donde se había caído de bruces, la ayudó a incorporarse. ¡Y he aquí que era Nattee: sucia, mugrienta en realidad, cubierta de barro, apedreada, destrozada y absolutamente desquiciada por el trato que había recibido de la turba en la calle! Lois la sostuvo y le limpió con cuidado el rostro moreno y arrugado con la falda, llorando por ella como no había llorado por los propios pesares. Atendió a la anciana india durante horas, cuidó sus penas físicas; y, cuando la criatura salvaje recuperó poco a poco los sentidos dispersos, Lois percibió su infinito temor al mañana, el día en que también a ella la llevarían a morir delante de la multitud enfurecida. Buscó dentro de sí alguna fuente de consuelo para la anciana, que temblaba de miedo a la muerte (¡y qué muerte!) como si padeciera parálisis agitante.