Cuentos goticos

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Pero Benjamin se lo tomaba todo con mucha frialdad. Había asistido como alumno externo a un colegio de la ciudad cercana, un colegio de primaria que se hallaba en el mismo estado de abandono que la mayoría hace treinta años. Ni su padre ni su madre sabían mucho de estudios. Lo único que sabían, y que guio su elección del colegio, era que sus posibilidades no les permitían enviar a su amadísimo hijo a un internado, que tenía que recibir alguna educación y que el hijo del señor Pollard iba a la escuela primaria de Highminster. El hijo del señor Pollard y muchos otros destinados a hacer sufrir a sus padres eran alumnos de aquel colegio. Si no hubiese sido un centro de enseñanza tan pésimo, el sencillo granjero y su esposa lo habrían descubierto antes. Pero los alumnos no sólo aprendían allí malas mañas, sino también a mentir. Benjamin era demasiado inteligente por naturaleza para seguir siendo un burro, aunque, si hubiese decidido serlo, nada en la escuela de primaria Highminster le habría impedido convertirse en uno de primera. Pero todo indicaba que era cada vez más listo y caballeroso. Sus padres se enorgullecían incluso de los aires que se daba en casa, tomándolos como prueba de su refinamiento, aunque el resultado práctico de este fuese un expreso desprecio por la incauta ignorancia y los toscos modales de sus progenitores. A los dieciocho años, era aprendiz en un despacho de abogados de Highminster (pues se había negado de plano a ser un «simple destripaterrones», es decir, granjero trabajador y honrado como su padre). Bessy Rose era la única persona descontenta con él. La pequeña de catorce años creía instintivamente que le pasaba algo. ¡Pero ay! Dos años más, y la muchacha de dieciséis adoraba su sombra y no podía ver tacha alguna en un joven que hablaba tan delicadamente y era tan apuesto y tan amable como el primo Benjamin. Pues Benjamin había descubierto que la forma de conseguir dinero para cualquier capricho era engatusar a sus padres simulando secundar su inocente plan y haciendo la corte a su preciosa prima Bessy Rose. Se ocupaba de ella sólo lo justo para que la obligación no le resultara desagradable. Pero le aburría recordar luego las nimiedades que la muchacha le pedía. Las cartas que había prometido escribirle durante sus ausencias semanales en Highminster, los encargos insignificantes que le había hecho sólo le parecían un engorro; e, incluso cuando estaba con ella, le molestaban sus preguntas sobre cómo pasaba el tiempo o las amistades femeninas que tenía en Highminster.


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