Cuentos goticos
Cuentos goticos —Siéntate, hija, ven. Acerca el banquillo al fuego y hablemos un poco de los planes del chico —dijo Nathan, animándose por fin a hablar. Bessy se acercó, se sentó delante del fuego y se cubrió la cara con el delantal, apoyando la cabeza en ambas manos. Nathan se dio cuenta de que una de las dos mujeres se echaría a llorar en cualquier momento. Así que decidió hablar con la esperanza de impedir que se contagiasen las lágrimas—. ¿Sabías ya algo de este plan absurdo, Bessy?
—No, no tenía ni idea —exclamó ella con voz apagada y distorsionada debajo del delantal. Hester creyó advertir cierto tono de reproche tanto en la pregunta como en la respuesta, y esto no podía soportarlo.
—Tendríamos que haber previsto, cuando le pusimos de aprendiz, que por fuerza acabaría así. Tiene que pasar pruebas y exámenes y no sé cuántas cosas más en Londres. No es culpa suya.
—¿Quién ha dicho que lo sea? —preguntó Nathan, bastante molesto—. Aunque, en realidad, unas pocas semanas le sacarían del atolladero y harían de él un abogado tan bueno como cualquiera de esos jueces. Me lo dijo el procurador Lawson en una conversación que tuve con él no hace mucho. No es que lo necesite. Lo que pasa es que quiere ir a Londres y pasar allí un año, no digamos ya dos.
Nathan movió la cabeza.