Cuentos goticos
Cuentos goticos —Y si es su deseo —dijo Bessy, retirándose el delantal, con la cara encendida y los ojos hinchados—, no veo nada malo en ello. Los chicos no son como las chicas, que tenemos que quedarnos pegadas al hogar como ese gancho de la chimenea. Está bien que los jóvenes viajen y vean mundo antes de establecerse.
Hester buscó la mano de Bessy, y ambas se dispusieron a desafiar con firmeza cualquier acusación contra el amado ausente.
—Vamos, hija, no te pongas asÃ. Lo hecho, hecho está. Y además, es cosa mÃa. Yo me empeñé en que mi niño fuese un caballero; y tendremos que pagar por ello.
—¡Querido tÃo! No gastarás mucho, respondo de ello. Y procuraré hacer en casa todas las economÃas posibles para compensar.
—¡No estaba hablando de dinero, hija! —dijo Nathan con gravedad—, sino de preocupaciones y pesadumbre. En Londres tiene su corte el diablo además del rey Jorge; y mi pobre muchacho ha estado a punto de caer en sus garras más de una vez. No sé qué hará cuando pueda olfatear su rastro.
—¡No le dejes ir, padre! —dijo Hester, adoptando por primera vez esta postura. Hasta entonces sólo habÃa pensado en su propio dolor por separarse de él—. Si crees eso, padre, retenlo aquÃ, donde estará a salvo mientras le vigilamos.