Cuentos goticos

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«Sospecho que no me he portado bien con el chico. Sospecho que lo he hecho muy mal —era el pensamiento que lo tuvo en vela hasta el amanecer—. Algo le pasa; de lo contrario, no me mirarían tan compasivamente incluso cuando hablan de él. Sé lo que esto significa, aunque sea demasiado orgulloso para reconocerlo. Y Lawson también, no me dice todo lo que piensa cuando le pregunto qué clase de abogado será. Que Dios se apiade de Hester y de mí si el chico se extravía. ¡Que Dios se apiade de nosotros! Aunque tal vez todos mis temores se deban a esta noche en vela. Porque yo a su edad seguro que me habría gastado el dinero rápidamente si lo hubiese tenido. Pero tenía que ganarlo; y eso es muy distinto. ¡Bueno! Será difícil refrenar al hijo de nuestra vejez, ¡y esperamos tanto para tenerlo!».

Nathan fue al día siguiente a ver al señor Lawson a Highminster en Moggy, el caballo de tiro. Quien lo hubiese visto salir de su corral se habría sorprendido del cambio visible que se había operado en él cuando regresó, un cambio que tenía que deberse a algo más que un día de ejercicio desacostumbrado en un hombre de su edad. Apenas sujetaba las riendas. Si Moggy hubiese sacudido la cabeza se las habría arrancado de las manos. Iba cabizbajo, con los ojos clavados en algún objeto invisible, sin pestañear. Pero hizo un gran esfuerzo por recobrarse al acercarse a casa.


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