Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Benjamin había estado levantado con su padre aquella noche hasta tarde, hasta mucho después de que las mujeres se fueran a la cama. Pero no a dormir; pues doy fe de que la madre de cabello gris no pegó ojo hasta el tardío amanecer de otoño, y de que Bessy oyó a su tío subir las escaleras lenta y laboriosamente y dirigirse hasta el viejo calcetín que le servía de banco; y contar las guineas de oro (se detuvo una vez, pero luego siguió, como si hubiese decidido coronar su obsequio con generosidad). Otra larga pausa, y Bessy oyó hablar a su tío sin entender lo que decía, tal vez diera consejos, o rezara una oración. Luego el padre y el hijo subieron a acostarse. La habitación de Bessy estaba separada de la de su primo por un tabique de madera fino; y lo último que oyó claramente antes de que se le cerraran los ojos, cansados de llorar, fue el tintineo de las guineas al chocar unas con otras a intervalos regulares, como si Benjamin estuviese jugando a cara o cruz con el regalo de su padre.

Bessy lamentó que no le pidiera que le acompañara parte del camino a Highminster. Se había preparado para hacerlo, tenía sus cosas colocadas sobre la cama, pero no podía acompañarle sin que se lo pidiera.



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