Cuentos goticos
Cuentos goticos La pequeña familia procuró llenar el vacío afanosamente. Parecían dedicarse a su trabajo diario con desacostumbrado vigor; pero cuando llegaba la noche habían hecho poco. La pesadumbre nunca aligera el trabajo, y nadie conocía la preocupación y la angustia que tenía que aguantar cada uno en el campo, la rueca o la vaquería. Antes esperaban la llegada de Benjamin todos los sábados; esperaban, aunque podía aparecer o no, y, si se presentaba, había cosas de las que hablar que convertían sus visitas en cualquier cosa menos en agradables; pero aun así, podía presentarse, y todo podía ir bien, y entonces ¡qué sol y qué alegría para aquella gente humilde! Pero ahora estaba lejos y había llegado el invierno deprimente; y a los ancianos les fallaba la vista, y las tardes eran largas y tristes, a pesar de lo que hiciera o dijera Bessy. Y los tres creían que Benjamin no escribía todo lo que podría, aunque le habrían defendido de cualquiera si alguno de ellos hubiese expresado en voz alta tal pensamiento. «¡Seguro que no! —se dijo Bessy cuando salieron las primeras prímulas en un ribazo soleado y resguardado, y las recogió al volver de la iglesia—. Seguro que no habrá otro invierno tan triste y sombrío como este». Nathan y Hester Huntroyd habían experimentado un cambio enorme aquel último año. La primavera anterior, cuando su hijo era todavía objeto de más esperanzas que temores, tenían el aspecto de lo que yo llamaría una pareja de mediana edad: personas aún con muchas energías y mucho trabajo por delante. Ahora (y la causa del cambio no era sólo la ausencia del hijo) parecían dos ancianos frágiles, como si cada problema cotidiano normal fuese una carga más que no podían soportar. Pues Nathan había recibido malos informes de su único hijo y se los había explicado muy serio a su esposa, como algo demasiado malo para creerlo, y, sin embargo, «¡Que Dios nos asista si de verdad es así!». Se sentaron, cogidos de la mano, con los ojos secos y hundidos de tanto llorar, sin hablar apenas, temblorosos, suspirando de vez en cuando, sin atreverse a mirarse. Y luego, Hester había dicho: