Cuentos goticos
Cuentos goticos Llegó otro año, otro invierno aún más desdichado que el anterior. Y aquel año, con las prímulas, llegó Benjamin: un joven desagradable, displicente e insensible, aunque conservaba los modales engañosos y el bello rostro que en otro tiempo al principio impresionaba a quienes no conocían el aspecto de los jóvenes disolutos de Londres de la peor calaña. Sólo al principio, cuando llegó con arrogancia y aire indiferente (en parte simulado y en parte real), sus padres sintieron cierta admiración reverente por él, como si no fuese su hijo sino un auténtico caballero; pero tenían instintos demasiados agudos en su sencilla naturaleza para no darse cuenta a los pocos minutos de que no era un auténtico príncipe.
—¿Puede saberse qué se propone con esos modales y todos esos perifollos? —preguntó Hester a su sobrina en cuanto se quedaron solas—. Y habla con tanto remilgo como si tuviese la lengua cortada o partida como un papagayo. ¡Ah! Londres es tan malo como un día caluroso de agosto para el cutis; era un muchacho tan guapo cuando se fue y míralo ahora, con la piel tan llena de rayas y floreos como la primera hoja de un cuaderno de caligrafía.