Cuentos goticos

Cuentos goticos

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Nathan se levantó tras una semana en cama con el aspecto y el porte de un hombre diez años mayor. Su esposa le había reñido mucho por haber cometido la imprudencia de sentarse en el campo húmedo, por muy cansado que estuviese. Pero también ella había empezado a inquietarse por el prolongado silencio de Benjamin. No sabía escribir, pero instó a su marido muchas veces a que enviara una carta pidiendo noticias de su hijo. Él no respondió nada durante un tiempo; al final, le dijo que escribiría el domingo siguiente por la tarde. Solía escribir los domingos, y aquel se proponía ir a la iglesia por primera vez desde que cayera enfermo. El sábado se empeñó en ir a Highminster al mercado en contra de los deseos de Hester (respaldada por Bessy en la medida en que podía). Dijo que el cambio le sentaría bien. Pero volvió fatigado y con una actitud un tanto misteriosa. Cuando aquella noche fue a la cuadra por última vez, pidió a Bessy que le acompañara para aguantar la linterna mientras examinaba a una vaca enferma. Y, en cuanto se alejaron lo suficiente de la casa para que Hester no los oyera, sacó un paquetito de la tienda y le dijo:

—Quiero que me pongas esto en el sombrero de los domingos, ¿lo harás, hija? Será un pequeño consuelo. Sé que mi hijo ha muerto aunque no hable de ello para no apenaros a Hester y a ti.

—Lo haré, tío, si… Pero él no ha muerto —contestó Bessy sollozando.


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