Cuentos goticos

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A las nueve de la noche de la que hablo, todos habían subido a acostarse. Era más tarde de lo habitual, pues el consumo de velas se consideraba hasta tal punto un derroche que la familia se retiraba temprano incluso para la gente del campo. Bessy solía quedarse como un tronco a los cinco minutos de posar la cabeza en la almohada, pero aquella noche no podía dormir. Pensaba en la vaca de John Kirkby y le preocupaba que la enfermedad fuese epidémica y se contagiara su ganado. Entre todas estas inquietudes domésticas surgió el recuerdo vívido e inquietante del pasador de la puerta que se había alzado y bajado sin explicación. Ahora estaba convencida de que no había sido fruto de su imaginación. Si no hubiese ocurrido cuando su tío estaba leyendo, se habría acercado rápidamente a la puerta para comprobarlo. De ahí, pasó a pensar con inquietud en lo sobrenatural, y luego en Benjamin, su querido primo y compañero de juegos, su primer amor. Lo había dado por perdido hacía tiempo, aunque no por muerto; pero el mismo hecho de haber renunciado a él implicaba el pleno y voluntario perdón de todos los agravios que le había hecho. Lo recordaba con ternura, como una persona a la que quizá hubieran llevado por mal camino en años posteriores, pero que en su recuerdo vivía como el niño inocente, el muchacho animoso, el joven apuesto y elegante. Si la muda atención de John Kirkby hubiese revelado sus deseos a Bessy (si es que realmente tenía deseos), la primera reacción de ella habría sido comparar su rostro curtido y su figura de hombre hecho con la cara y la figura que tan bien recordaba, aunque no esperaba volver a ver en esta vida. Se inquietó mucho con estos pensamientos, se hartó de la cama y, después de dar vueltas y más vueltas, acabó creyendo que no conseguiría dormirse en toda la noche, y entonces se quedó profundamente dormida de pronto.


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