Cuentos goticos
Cuentos goticos —¡Cierra la puerta cuando entremos, muchacha! ¡No les dejaremos escapar! —dijo valeroso John Kirkby, intrépido por una buena causa, aunque sin saber cuántos hombres había arriba. El veterinario cerró y atrancó la puerta, diciendo: «¡Listo!» en tono desafiante y guardándose la llave en el bolsillo. Sería una lucha encarnizada a vida o muerte, o por lo menos, por captura efectiva o huida desesperada. Bessy se arrodilló junto a su tío, que no decía nada ni daba señales de estar consciente. Le levantó la cabeza, sacó un cojín del escaño y se lo puso debajo. Quería ir a buscar agua a la trascocina, pero los ruidos de lucha violenta, golpes contundentes y palabrotas pronunciadas entre dientes con sorda cólera, como si el aliento fuese tan necesario para la acción que no podía desperdiciarse hablando, la obligaron a quedarse quieta y callada con su tío en la cocina, donde la oscuridad era tan densa y profunda que casi se palpaba. Un terror súbito se apoderó de ella durante una pausa de los latidos del corazón. Notó la proximidad de alguien tan inmóvil como ella, lo percibió de esa forma extraña en que cobramos conciencia de la presencia de un ser vivo en la habitación más oscura. No era la respiración del pobre anciano, ni la radiación de su presencia. Había otra persona en la cocina, tal vez otro ladrón que se había quedado a vigilar a Nathan con intención de matarlo si recobraba el conocimiento. Bessy era consciente de que el instinto de supervivencia obligaría a su espantoso compañero a guardar silencio, porque ningún motivo para delatarse podía ser más fuerte que su deseo de escapar. Y el testigo invisible tenía que saber que cualquier intento de conseguirlo estaba condenado al fracaso por el simple hecho de que la puerta estaba cerrada con llave. Pero, sabiendo que se encontraba allí al lado inmóvil, silencioso como una tumba, que abrigaba intenciones temibles, asesinas tal vez, que seguramente veía mejor que ella porque había tenido más tiempo para acostumbrarse a la oscuridad, y que distinguiría su figura y su postura y la estaría mirando rabioso como un animal salvaje, Bessy no pudo evitar acobardarse ante esta imagen de su fantasía. Y la lucha seguía en el piso de arriba: resbalones, golpes fuertes, su impacto en el objetivo correspondiente, los jadeos de los contrincantes en un momento de pausa. En uno de ellos, Bessy advirtió un movimiento sigiloso a su lado, que cesó cuando amainó el ruido de la reyerta de arriba y se reanudó cuando arreció de nuevo. Lo notó por una sutil vibración del aire más que por el roce o el sonido. Estaba segura de que quien se encontraba cerca de ella un minuto antes mientras estaba arrodillada, se deslizaba ahora sigilosamente hacia la puerta interior que daba a la escalera. Creyó que se proponía subir a echar una mano a sus cómplices. Se levantó de un salto y corrió tras él con un grito. Pero al llegar a la puerta, por la que entraba un poco de luz muy tenue de las habitaciones de arriba, vio a un hombre arrojado por las escaleras con tal violencia que cayó casi a sus pies, mientras la figura oscura y sigilosa desaparecía súbitamente a la izquierda y se metía con idéntica rapidez en el armario de debajo de las escaleras. Bessy no tuvo tiempo de pensar qué le guiaba a hacer eso, si se había propuesto primero o no ayudar a sus cómplices en la lucha encarnizada. Únicamente pensó que era un enemigo, un ladrón, y corrió a la puerta del armario y la cerró con llave por fuera. Luego, en aquel rincón oscuro, asustada, jadeando, se preguntó si el hombre que yacía delante de ella podría ser John Kirkby o el veterinario. Porque, si era uno de aquellos dos amigos, ¿qué sería del otro, de su tío, de su tía, de ella misma? La duda se disipó a los pocos minutos: sus dos defensores bajaron lenta y cansinamente las escaleras, arrastrando a un hombre hosco, furibundo, desesperado, incapacitado por tremendos golpes que habían convertido su cara en un amasijo sanguinolento y tumefacto. En cuestión de aspecto, ni John ni el veterinario estaban mucho más presentables. Uno de ellos sujetaba la linterna con los dientes porque necesitaba toda su fuerza para aguantar el peso del individuo que llevaban.